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CIRO II, EL GRANDE: El fundador del Imperio persa.

La imagen del conquistador. Ciro II, en un grabado del siglo XIX. Extendió los dominios de los persas desde el mar Egeo hasta la India, y desde el mar Caspio hasta Egipto. Foto: Bridgeman / ACI. Color: José Luis Rodríguez.

Los autores griegos transmitieron la imagen de los reyes persas como encarnación del despotismo, con la excepción de Ciro II, el forjador del Imperio, que adornaron con las mejores cualidades de un gobernante
Brazalete persa de oro, del tesoro del Oxus.Foto: DEA / Album.

Jorge Pisa Sánchez. Historiador. Autor de Breve historia de los persas.

Brazalete persa de oro, del tesoro del Oxus.Foto: DEA / Album.

Nuestra imagen de los reyes persas aqueménidas y del extenso imperio que dominaron entre los siglos VI y IV a.C. depende de la visión que de ellos nos han legado los antiguos griegos, que desafiaron su poder en el largo conflicto que conocemos como guerras médicas. La figura del Gran Rey –como se conocía al soberano persa– se creó desde la reprobación: fue una visión generada por la enemistad y la amenaza que sintieron los griegos, liderados por atenienses y espartanos, ante el desafío que representaba el gigante persa.

La información que nos ha llegado a través de obras de filosofía, historia o hasta piezas teatrales mezclaba tanto observaciones veraces de primera mano como una gran dosis de ficción y fantasía, que atribuía a los reyes aqueménidas los vicios y los comportamientos más innobles. Aparecían como monarcas débiles, soberbios, crueles, amantes del lujo e indolentes, y siempre amenazados por las conjuras del harén. Eran los bárbaros gobernantes de un mundo exótico dominado por la violencia y la crueldad, contrapuesto a la civilizada cultura griega.


Ruinas de Ecbatana. Antigua capital de los medos tomada por Ciro, Ecbatana (Hamadán) sería una de las cuatro capitales del Imperio persa junto con Susa, Pasargada y Persépolis. Foto: Suzuki Kaku / AGE Fotostock.

Sin embargo, hubo una excepción: Ciro II el Grande, de quien la tradición griega nos ha transmitido un retrato favorable. Su reinado ha pasado a la historia como el de la creación del Imperio persa aqueménida, un amplísimo dominio que se extendía desde Asia Menor hasta la India y que fue el mayor imperio conocido hasta el momento.

Sus fulgurantes campañas militares le llevaron a conquistar en poco más de diez años –entre 550 y 539 a.C– todos los grandes Estados del Próximo Oriente menos Egipto: el reino de los medos, el reino lidio de Creso, las ciudades griegas de Asia Menor y el Imperio babilónico en Mesopotamia, convirtiéndose en el poder hegemónico en Oriente. Ciro también ha pasado a la historia como un rey tolerante y respetuoso con las costumbres, las leyes y las religiones de los pueblos a los que sometió, hecho que engrandeció su figura tanto en el mundo antiguo como a lo largo de los siglos.


Cabeza de oro del tesoro aqueménida del Oxus. Siglos V-IV a.C. Museo Británico, Londres. Foto: Scala, Firenze.

EL DUEÑO DE TODO ORIENTE

 

CRONOLOGÍA 

559 a.C. Kurach II (Ciro el Grande) sucede como rey de los persas a su padre Cambises I. Su madre, Mandane, es hija del rey medo Astiages. 

550 a.C. Con la ayuda de Nabónido, rey de Babilonia, Ciro ataca a Astiages (que tal vez era su suegro), lo derrota y saquea su capital, Ecbatana. 

546 a.C. Ciro derrota a Creso, rey de Lidia, y al año siguiente conquista su capital, Sardes, convirtiéndose en dueño de Asia Menor. 

539 a.C. Ciro entra en Babilonia tras vencer a su rey Nabónido. Permitirá volver a su tierra a los pueblos deportados por los babilonios, entre ellos a los hebreos. 

530 a.C. El rey persa muere luchando contra los masagetas, un pueblo escita, cerca del mar de Aral. Lo sucede su hijo Cambises II.

 


Dárico persa de oro. Los persas comenzaron sus acuñaciones tras conquistar Lidia, donde nació la moneda. Foto: British Museum / Scala, Firenze.

Lo que nos cuenta Heródoto

El fundador del Imperio aqueménida suele aparecer en las fuentes griegas como ejemplo de buen gobernante y soberano clemente, una imagen confirmada por las fuentes babilónicas y hebreas. Podríamos afirmar, por tanto, que Ciro II gozó de una amplia buena fama en el mundo antiguo.

El gran historiador griego Heródoto nos ha transmitido de él una imagen en general positiva, aunque arroja algunas sombras sobre su conducta. Le asigna cualidades como la clemencia, la valentía, la afabilidad o la camaradería con sus soldados. Y es Heródoto quien nos ha legado uno de los relatos más completos de los orígenes de Ciro, aunque con elementos legendarios.

Según cuenta este autor, Astiages, el abuelo materno de Ciro y rey de los medos, a quienes estaban sometidos los persas, ordenó su muerte al nacer debido a los sueños premonitorios que había tenido, en los que su nieto le arrebataba el trono. Pero el servidor de Astiages que debía terminar con la vida del pequeño lo entregó a una familia de humildes pastores para que lo criaran. Aun así, el joven Ciro destacó por su atrevimiento y dotes de mando, lo que hizo que su verdadera identidad fuera descubierta por su abuelo Astiages y provocara el enfrentamiento entre medos y persas, que ganaron estos últimos.

Ciro ocupó Babilonia en 539 a.C. En la imagen, reconstrucción de las murallas de esta ciudad, hecha en la década de 1980. Foto: Getty Images.

A propósito del ascendiente de Ciro sobre los persas, Heródoto narra que, cuando aquél estuvo decidido a rebelarse contra el dominio de los medos de Astiages, convocó a las principales tribus persas en un campo lleno de cardos y ordenó a sus hombres que desbrozaran todo el paraje. Acabada esa ardua tarea, Ciro les ordenó que volvieran al día siguiente, pero esta vez les ofreció un gran banquete. Cuando terminó, Ciro preguntó a sus hombres qué preferían, si seguir esclavizados y explotados por los medos (esto es, seguir desbrozando el campo de cardos) o rebelarse contra ellos, alcanzar la libertad y disfrutar de la abundancia (el banquete) al crear su propio imperio. La anécdota da cuenta de la habilidad de Ciro al motivar a sus soldados para la guerra, un hecho clave en sus futuras conquistas.

Herótodo afirmó que el ascendiente de Ciro sobre los persas era tal que incluso lo consideraron como un padre, algo corroborado por Plutarco, otro historiador griego, quien decía que «los persas aman a los de nariz corva por el hecho de que Ciro, el más amado de sus reyes, tenía una nariz aguileña».

Junto a estas referencias positivas, Heródoto informa de algunos comportamientos preocupantes de Ciro al final de su vida, como el castigo al que sometió al río Gindes, afluente del Tigris, cuando se ahogó en él uno de sus caballos. El soberano decidió ajusticiar al río dividiendo su curso en 360 canales, lo que, dado que para los persas los cursos de agua eran sagrados, fue un claro sacrilegio provocado por la soberbia del anciano rey.


La mayor conquista del rey. El llamado Cilindro de Ciro se conserva en el Museo Británico. En escritura cuneiforme, recoge la conquista de Babilonia y las medidas tomadas por el soberano aqueménida tras la misma. Foto: Scala, Firenze.

Asimismo, Heródoto nos narra el final de Ciro cuando guerreaba contra la tribu de los masagetas, un pueblo nómada del Asia Central gobernado por la reina Tomiris. Según Heródoto, esta última campaña militar estuvo impulsada por la soberbia y las ansias de conquista del anciano Ciro, que por ello fue castigado por los dioses: murió en el campo de batalla y su cuerpo fue ultrajado por sus vencedores.

Esta narración permitía a Heródoto reflexionar sobre la degeneración del poder persa, afirmando que la relajación de las costumbres de Ciro y, con él, las de su pueblo (que abandonó la austeridad y la continencia de sus orígenes en favor de los lujos y la molicie tras sus conquistas), dio comienzo a la decadencia del Imperio y la corrupción de sus Grandes Reyes, opinión que compartieron los autores griegos posteriores.


Sardes, la capital lidia. Ciro la tomó tras 14 días de asedio, cuando un soldado persa descubrió una zona de la acrópolis que no estaba defendida. Arriba, el templo de Artemisa. Foto: Getty Images.

Una visión idealizada

Jenofonte, filósofo e historiador ateniense y discípulo de Sócrates, que vivió entre los siglos V y IV a.C., es autor de la Ciropedia, una biografía en la que relata, con grandes dosis de ficción, la vida de Ciro y en la que moldea su imagen de rey-filósofo y modelo de monarca ideal.

El protagonista de la Ciropedia se ha considerado no tanto un personaje real como una ficción histórica al servicio de las opiniones políticas del autor, partidario de sistemas de gobierno monárquicos.

Para escribir la Ciropedia, Jenofonte se sirvió de diversas fuentes de información, ya que no sólo consultó las obras de autores griegos anteriores como Heródoto, sino que contaba con un conocimiento directo del mundo persa. Jenofonte, en efecto, participó en la llamada Expedición de los Diez Mil, como miembro de un ejército de mercenarios griegos reclutados por Ciro el Joven, príncipe aqueménida que se rebeló contra la autoridad de su hermano, el rey Artajerjes II. Durante esa campaña, el autor griego debió de conocer relatos de la vida de Ciro el Grande, embellecidos por la tradición persa. Jenofonte muestra a Ciro como un rey estudioso, justo, generoso, afectuoso con sus hombres, valiente y ávido de gloria, unas cualidades que despuntaron desde su infancia y que fueron respaldadas por un físico acorde a la figura del futuro Gran Rey, tópicos propios de los relatos populares persas de la época.

La vida del rey según Heródoto. Los datos que el historiador
griego ofrece sobre Ciro se encuentran en el primer libro de sus 
Historias. Foto: DEA / Album.

Ciro, además, cumple de forma piadosa todos los deberes religiosos, lo que le gana el favor de los dioses. Según Jenofonte, Ciro «se mostraba él mismo ante sus súbditos como el hombre más virtuoso del mundo». Esta visión positiva fue respaldada por el historiador Diodoro de Sicilia, quien afirmó que Ciro destacaba por su bravura y sagacidad, ya que su padre Cambises lo educó para que alcanzara las metas más altas.

La descripción que Jenofonte hace de la muerte de Ciro evoca el suicidio de Sócrates, maestro del historiador griego.

El propio Jenofonte nos relata el supuesto consejo que el Gran Rey dio en una ocasión a sus súbditos, a los que exhortaba a que «después de los dioses, respetaran a todo el género humano que se sucede de generación en generación», una clara muestra de humanitarismo que engrandecía la figura del soberano persa a ojos del historiador griego. Asimismo, en la Ciropedia hallamos un relato diferente sobre el final de Ciro: no habría muerto en combate, como dijo Heródoto, sino en palacio y rodeado de sus hijos, inmerso en una conversación sobre la inmortalidad y arengando a sus oyentes a llevar una vida digna y piadosa. Esta escena rememoraba la muerte del propio Sócrates, el mentor de Jenofonte, que se suicidó rodeado de sus amigos y discípulos después de que los atenienses lo condenaran a muerte.


La tumba del gran rey. Ciro fue enterrado en Pasargada, la ciudad que fundó como capital de los persas. En su origen, la tumba estaba rodeada de magníficos jardines. Foto: Oshin Zakarian / Bridgeman / ACI.

Platón y Ctesias

Otro discípulo de Sócrates que nos ha dejado referencias a la figura de Ciro es el filósofo Platón, que también lo muestra como modelo de justicia y sabiduría. Según Platón, los persas en la época de Ciro respetaban el justo medio entre servidumbre y libertad, hecho que propició que se convirtieran en dueños de un imperio. Pero este equilibrio se rompió bajo los sucesores de Ciro, que sucumbieron a los lujos, la vida muelle y la decadencia de las costumbres, lo que acabó provocando la desaparición de su imperio.

No todos los autores griegos fueron tan favorables a la figura de Ciro. Éste es el caso de Ctesias, médico e historiador griego del siglo V a.C. que sirvió en la corte del rey persa Artajerjes II, en la que, según dice, pudo consultar los Anales reales aqueménidas.

La información que transmite Ctesias sobre Ciro está dominada por la hostilidad y la sospecha, y contrasta con los relatos anteriores. Según él, los orígenes de Ciro no fueron tan nobles como indican Heródoto y Jenofonte. El futuro monarca era hijo de un bandolero llamado Atradates y de una pastora de cabras de nombre Argoste, lo que mostraba el humilde origen de Ciro, vinculado a la vida nómada y por lo tanto a la barbarie opuesta a la vida civilizada. Su ascenso a la realeza tampoco es demasiado loable, ya que tras rebelarse contra el dominio del rey medo Astiages se casó con su hija Amitis, después de asesinar al marido de ésta, Espitamas. Ello convertía el acceso de Ciro a la realeza en usurpación, al no tener derecho por nacimiento al trono medo. Asimismo, Ctesias nos narra un final diferente del fundador del Imperio persa, que se debió a una herida en el muslo sufrida durante un enfrentamiento contra los dérbices, pueblo del Irán oriental.

Un rey no tan piadoso

Por último, Isócrates, orador y político ateniense, también habla de Ciro en sus obras, y no considera que todos los actos del rey persa fuesen piadosos o justos. Así, a propósito de la guerra entre medos y persas, afirma que una vez derrotado el medo Astiages, abuelo de Ciro, éste había ordenado injustamente su muerte. Hemos de entender esta visión más matizada a partir de la óptica de su autor, ya que Isócrates fue un gran defensor de la unión militar de los griegos frente a la amenaza persa, lo que contribuyó a teñir de sombras su visión del rey aqueménida.

En definitiva, Ciro II el Grande fue el rey aqueménida mejor tratado por la tradición griega. Aunque su imagen fue generalmente bien valorada por los autores griegos, que lo presentaron como un monarca ideal, modelo del soberano sabio, piadoso y justo, también existieron opiniones sobre él que manifestaban temor y desconfianza. Según la tradición griega, con su hijo Cambises II se inició la decadencia del Imperio persa, que a partir de entonces sería gobernado por déspotas crueles, impíos y arbitrarios, entre los que destacaría Jerjes, el rey aqueménida que se atrevió a atacar la Grecia continental. La tradición griega legaría a la historia esta valoración parcial y subjetiva de la monarquía persa, que ha perdurado hasta nuestros días.

UNA PROFECÍA CUMPLIDA

La leyenda de Ciro. En 1789, el francés Jean-Charles Nicaise Perrin recreó en este óleo el momento en que Astiages ordena matar a su nieto recién nacido, Ciro. Museo del Louvre, París. Foto: Michel Urtado / RMN-Grand Palais.

Los orígenes legendarios de Ciro son muy semejantes a los de otros héroes abandonados en su infancia, como Sargón de Acad, Moisés o Rómulo. Heródoto nos transmite el siguiente relato. Cuando nació Ciro, su abuelo materno, el soberano medo Astiages, soñó que le arrebataría el trono y ordenó a su consejero Harpago que matase al pequeño. Pero aquel lo dio al boyero Mitradates, cuyo hijo recién nacido había muerto. A instancias de su esposa, Mitradates le puso a su hijo difunto los ropajes de Ciro y lo abandonó en el bosque, mientras que crio al príncipe. Un día, Astiages reconoció al joven por su prestancia, y castigó la traición de Harpago matando a su hijo y sirviéndole su carne en un banquete. Tiempo después, Harpago ayudó a Ciro cuando se rebeló contra Astiages y lo destronó.

UN REY JUSTO Y HUMANITARIO

Ciro otorga la libertad a los hebreos cautivos en Babilonia, tras conquistar esta ciudad. Grabado por Gustave Doré. Siglo XIX. Foto: Alamy / ACI.

Otras tradiciones del Próximo Oriente comparten la visión positiva que los griegos tenían sobre Ciro. En el Cilindro de Ciro, hallado en 1879 en el Esagila o templo de Marduk en Babilonia, el soberano aqueménida es presentado como protegido por el dios Marduk y restaurador de los templos y los cultos religiosos babilonios abandonados por Nabónido, el último monarca de la dinastía babilónica, vencido por el propio Ciro. Y Beroso, sacerdote babilonio del siglo III a.C. y autor de una Historia de Babilonia de la que sólo nos han llegado algunos fragmentos, muestra al rey persa como un monarca justo. 

La tradición hebrea también es muy favorable al fundador del Imperio persa, no en vano Ciro (como indica el libro bíblico de Esdras) autorizó la reconstrucción del templo de Jerusalén y el retorno de los judíos, exiliados en Babilonia desde tiempos del rey Nabucodonosor II. Ello ha permitido considerarlo como un monarca especialmente respetuoso con las religiones de los territorios conquistados, hasta el punto de que hay quien ha considerado la inscripción del Cilindro de Ciro como la declaración de los derechos humanos más antigua de la humanidad.

CONDENA Y PERDÓN DE CRESO

Creso de Lidia, en lo alto de una pira tras su condena a muerte por Ciro II. Ánfora ática. Siglo V a.C. Louvre, París. Foto: Tony Querrec / RMN-Grand Palais.

Ciro venció al riquísimo soberano lidio Creso hacia 546 a.C. y lo condenó a la hoguera, aunque finalmente lo perdonó cuando la pira ya estaba encendida, según cuenta Heródoto. Creso sólo salvó la vida porque el dios Apolo (a cuyo santuario de Delfos había hecho fabulosos presentes) envió una oportuna lluvia que apagó el fuego. 

Otro historiador griego, Ctesias, cuenta que Ciro le dio a Creso el gobierno de la ciudad de Barene, cerca de la capital persa de Ecbatana, lo que confirma un historiador posterior, Justino, que habla de la ciudad de Beroe. Por su parte, el poeta Baquílides afirmó que, tras su derrota, fue el propio Creso quien decidió morir en la pira con su familia, pero Apolo apagó el fuego y lo transportó milagrosamente junto con los suyos al legendario país de los hiperbóreos.

EL TRÁGICO FINAL DEL GRAN REY

La reina Tomiris manda sumergir la cabeza de Ciro en un odre lleno de sangre humana. Óleo por Gerard Hoet. Foto: Bridgeman / ACI.

Heródoto nos informa de la muerte de Ciro II, que vincula a la arrogancia del monarca en los años finales de su vida. Henchido de soberbia por sus constantes victorias, Ciro decidió declarar la guerra a los nómadas masagetas, gobernados por la reina Tomiris. 

El rey persa fingió una huida de su ejército en territorio masageta y abandonó en su campamento grandes cantidades de vino puro y todo tipo de manjares. Liderados por Espargapises, hijo de Tomiris, los masagetas apuraron el vino dejado allí por Ciro, y al no estar acostumbrados a esta bebida quedaron embriagados. Entonces Ciro regresó con sus fuerzas y tomó por sorpresa a los masagetas. 

El hijo de Tomiris, una vez libre de los efectos del vino y siendo consciente de su yerro, se suicidó. Ello decidió a su madre a presentar batalla a Ciro con el grueso de sus tropas, en un enfrentamiento final en el que el ejército persa fue derrotado y Ciro cayó muerto. Tomiris mandó localizar el cuerpo de Ciro y le cortó la cabeza, que metió dentro de un odre lleno de sangre humana, saciando, así, las ansias de sangre del Gran Rey que habían llevado a la muerte a su hijo Espargapises.

EL IMPERIO PERSA

Foto: Cartografía: Eosgis.com


Los persas eran un antiguo pueblo nómada asentado en la altiplanicie de Irán desde el siglo X a.C. Durante mucho tiempo vivieron a la sombra de sus parientes medos, que tras la caída de la capital asiria de Nínive en 612 a.C. habían creado un gran imperio en Mesopotamia. 

Fue Ciro II el Grande quien se emancipó del dominio medo. Desde su acceso al trono persa en 559 a.C., organizó un aguerrido ejército y fundó una nueva capital, Pasargada, derrotó al soberano medo Astiages (tal vez su abuelo) y emprendió una serie de campañas que le dieron el dominio sobre Assur, Armenia, Siria septentrional, Cilicia y Lidia, a cuyo famoso rey Creso derrotó, tomando su capital, Sardes. En 540 a.C. atravesó los montes Zagros para conquistar Babilonia. Sus sucesores, Cambises II y Darío I, ampliaron los límites del Imperio. En lo administrativo, éste quedó dividido en circunscripciones llamadas satrapías, al mando de un gobernador.


Ritón aqueménida de oro. Este recipiente destinado a contener líquidos y ornado con una cabeza de león se ha datado hacia el siglo V a.C. MET, Nueva York. Foto: Album.




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